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NOS VA LA VIDA EN ELLO

“Respuestas éticas y reformadoras a la actual crisis”

Por Toni Buil, miembro del Foro B21

A lo largo de estas difíciles semanas, hemos escuchado críticas implacables hacia quienes ejercen responsabilidades de gobierno, pero, también, hacia quienes actúan como oposición. Algunas, desde la objetividad y con argumentos incontestables; otras, atribuyendo al oponente la estupidez más absoluta, el cinismo más escandaloso o el maquiavelismo más ruin, y que solo pueden pretender el aplauso de los fanáticos o de los ignorantes. También hemos sido testigos de loas a la propia gestión -más bien a la de los jefes de filas- que únicamente se explican por la enajenación o por el servilismo más descarado. Lamentablemente nada nuevo, salvo por el dramatismo de la situación.

Si se puede derivar algún provecho de situaciones que, como ésta, nos convulsionan tan brutalmente, es que evidencian realidades que permanecían ocultas o que, no siendo así, nos incomodaba reconocer o que consentíamos como mal menor.

En España, el crac de 2008 desveló las grandes grietas de nuestro sistema económico y social: la ficción del derecho a la vivienda, las instituciones financieras ineficientes y gestionadas con criterios políticos, un endeudamiento desaforado, la falta de competitividad y , por supuesto, una corrupción endémica que se nutría en ese lodazal y a la vez lo alimentaba.

Notar en carne propia los dramáticos efectos de la recesión abrió nuestros ojos y nos hizo percibir como intolerables aquellas prácticas. Como consecuencia, se desencadenó una espontánea e inédita contestación social que forzó la actuación de las instituciones. Fue el caso de la corrupción.

Esta crisis también nos ha hecho girar la mirada hacia dos problemas fundamentales que, a mi juicio, lastran nuestro futuro como sociedad. Por un lado, una estructura que permite el ascenso a los puestos de responsabilidad a individuos cuyo mérito no reside en sus capacidades ni en una acreditada buena gestión, sino en la fidelidad o el servilismo a sus jefes de filas. Ejemplos que lo ilustren podemos encontrarlos en todos los partidos por igual. Tal vez por o para ello, el actual sistema político mediatiza la representación de los ciudadanos e impide un control efectivo de esos representantes por la ciudadanía.

No resulta extraño que los ayuntamientos sean una de las instituciones mejor valoradas en esta crisis. La cercanía y su preocupación por afrontar los problemas reales, al margen de supuestas ideologías partidistas, los ha convertido, en muchos casos, en un ejemplo de lo que debe ser la acción política. Pero esto no es casual. Los ayuntamientos son las instituciones más próximas y los vecinos son capaces de conocer y juzgar según hechos y políticas concretas. La manipulación y el engaño, al menos, resultan algo más difíciles. El país seguramente necesita mucho más reforzar el papel de la institución municipal que otros estériles debates territoriales. Sin embargo, la realidad es la contraria y buen ejemplo de ello es el “secuestro” por parte del Gobierno de los remanentes de tesorería municipales, cuyo adecuado uso –como defendía Eduardo Pérez Barrau en un excelente artículo- podría ser una herramienta fundamental para revertir una parte de esta crisis.

Por otro, hemos asistido con desolación a como la maquinaria administrativa española se conduce -con todas las inexactitudes e injusticias que conlleva cualquier generalización- anacrónica e ineficientemente. La administración pública se cimenta en principios como la eficacia, la eficiencia, la transparencia, la justicia y la responsabilidad, pero, lamentablemente, eso no deja de ser una declaración, en demasiados casos, vacía. Es urgente una reforma de las diferentes administraciones que optimice sus dimensiones y que haga posible, y exija, el máximo rendimiento de sus integrantes. Esa reforma debería perseguir una normativa simplificada y al servicio real del ciudadano y del emprendedor, no, como en ocasiones parece, una coartada alimentada por un laberinto burocrático.

¿Hemos tomado conciencia de ello? ¿Existe la posibilidad de corregir el rumbo? Tal vez, aunque soy pesimista. En cualquier caso, para lograrlo resultará imprescindible una sociedad civil menos temerosa y más comprometida. Hemos de convertir en intolerables la ineficiencia en el gasto público, la incapacidad de nuestros representantes y la irresponsabilidad en la gestión. Y todo ello, aunque esa denuncia pueda ir en contra de nuestros intereses individuales o sectoriales. No se trata de exigir conductas heroicas, sino de reivindicar la coherencia y la justicia.
Por desgracia, esta situación, que dista mucho de finalizar, certifica cuál puede ser el coste de no hacerlo. No debemos permanecer indiferentes porque, como hemos visto, nos va la vida en ello.

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