In Barbastro, Huesca

CHIRINGUITOS A LA CARTA

Por Eduardo Pérez Barrau. Foro B21 

La reciente concesión por parte de la Unión Europea de la Denominación de Origen Protegida (DOP) para el Aceite de Somontano es el último reconocimiento a la calidad de los productos agroalimentarios de nuestra comarca. El aceite se suma al selecto grupo de alimentos -como el vino o el tomate- cuyas cualidades traspasan fronteras y seducen a los consumidores más informados. Nuestro territorio tiene una consolidada tradición de pequeños y medianos productores que elaboran alimentos de alta calidad. Ninguna otra comarca de la provincia de Huesca, ni posiblemente del resto de Aragón, reúne una variedad tan extensa de productos reconocibles y reconocidos por el mercado.

Esta excelencia no es un hecho aislado. Si ampliamos el foco hacia Graus, Binéfar o Fraga, la capacidad y el buen hacer de los productores es idéntico. La trufa, la longaniza, la fruta o los elaborados cárnico, junto a un largo etcétera, completan una lista de productos agroalimentarios con sello de calidad y ADN propio de nuestro territorio.

Viene esto a colación porque resulta difícil de entender que esta trayectoria de excelencia siga sin recibir el reconocimiento institucional que merece. Y porque indigna que la medalla al mérito de este esfuerzo vaya a parar a manos de protagonistas secundarios. Me refiero, concretamente, al Centro de Innovación Gastronómica de Aragón y al error que ha supuesto la ubicación de este espacio en la ciudad de Huesca.

Desde la política y la sociedad oscenses se sostuvo, en su momento, que las estrellas Michelin de sus restaurantes y la trayectoria de la escuela de hostelería justificaban la elección de Huesca como sede de este espacio, así como, la financiación del proyecto por la administración autonómica. Incluso se llegó a afirmar que un laboratorio de estas características no podía ubicarse fuera de la capital, rechazando de malas maneras la candidatura de Barbastro. Un desprecio que obtuvo una respuesta tibia por parte de la política barbastrense, más preocupada por evitar un conflicto con Huesca que por defender los intereses de la ciudad. En fin.

Con el “dedazo” de la designación de Huesca, los promotores de la iniciativa pasaban por alto tres aspectos fundamentales. El primero: que sin producción de proximidad y sin la capacidad empresarial de quienes producen no hay innovación alimentaria y gastronómica posible. El segundo: que la distancia en emprendimiento entre Huesca y las zonas productoras -las comarcas orientales de la provincia- es bastante mayor que los 50 kilómetros de autovía que las separan. Y tercero: que en un proyecto innovador, la clave no es la financiación, sino la capacidad real de llevarlo a cabo.

El tiempo ha puesto a cada uno en su lugar. El flamante Centro de Innovación Gastronómica de Aragón vive enchufado al presupuesto público, víctima del oportunismo político de sus promotores. Una mala decisión política que acabará, de nuevo, en un despilfarro de dinero público. En otro chiringuito.

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