In Barbastro

LA CULTURA DEL DESPILFARRO 

Por Eduardo Pérez Barrau. Foro B21

La decisión del Ayuntamiento de Barbastro de repintar las señales viarias de las principales calles de la ciudad es una medida acertada y necesaria. También es urgente, por la peligrosidad que supone para los peatones los pasos de cebra desgastados y por la pésima imagen que se ofrece de la ciudad. 

Lo cierto es que este anuncio llega en un momento en el que nuestras calles presentan un estado de conservación deplorable. El cuidado y mantenimiento de las vías públicas resulta, a todas luces, deficitario. Esta dejadez que transmite el espacio público, incluso la cutrez de determinadas intervenciones, es el resultado acumulado de años de abandono y de innumerables desaciertos políticos. Bienvenida sea, por tanto, la iniciativa de devolver algo de pintura a nuestras calles.

Otra cosa será comprobar, una vez finalizados los trabajos, el acabado de la obra. No porque la empresa adjudicataria vaya a ejecutar mal su cometido, sino porque la calidad y la durabilidad del resultado se verán comprometidas por el estado del pavimento sobre el que se actúa.

A título de ejemplo, y sin salir de la zona centro de la ciudad, en la plaza de la Diputación y en Corona de Aragón, los pasos de cebra tienen los adoquines dañados y sueltos; en General Ricardos, el asfalto presenta un aspecto gastado y sucio; y en el cruce del Argensola, los baches y las irregularidades de la calzada complican el paso de los peatones.

Resulta evidente que, antes de pintar, hubiera sido más sensato acometer un trabajo previo de asfaltado y reacondicionamiento. Pero no. La casa por el tejado, y la pintura antes que la reforma.

El resultado no puede ser otro que una chapuza. Obras en la vía pública que se dejan a medias y que, al poco, se deben volver a retomar porque se ejecutaron mal desde el principio. Una mala praxis que tiene su mayor exponente en las baldosas “móviles” del Coso y de la plaza Guisar, que con la lluvia pierden la sujeción y acaban hundiéndose o moviéndose, y que obligan a los servicios municipales a sustituirlas periódicamente.

A todo este gasto inútil se le llama despilfarro público. Obras concebidas con fecha de caducidad, sin calidad en el proyecto, en los materiales ni en la ejecución. Un derroche que nace de una cultura de la desidia —casi de la pereza— alimentada por la falsa creencia de que el gasto público no lo paga nadie. Y en la certeza, aún más corrosiva, de que, por muy grande que sea la chapuza, jamás se exigirán responsabilidades a sus causantes.

Píntense las marcas viales y refuércese la seguridad de la circulación. Evítense así sustos y accidentes. Pero no olvidemos que, bajo esa capa de pintura, hay un Barbastro que se cae a pedazos que reclama una reforma a fondo.

 

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